lunes, 13 de marzo de 2017

El póster

No culpo a mis amigos de lo sucedido; yo soy la única responsable por hacerles caso y seguir sus consejos al pie de la letra. Ellos me habían sugerido que despegara el cartel después de cenar, que era una soberana tontería cargar con él durante toda la noche. Porque aquel mamotreto seguro que debía de pesar lo suyo. Era una amalgama de cola y de capas superpuestas de papel fosilizado que con el tiempo había logrado adquirir una densidad semejante al cartón. Yo sabía que, en realidad, mis amigos, como me apreciaban, no se atrevían a decirme que a nadie en su sano juicio se le ocurriría arrancar un simple póster de una valla publicitaria, a no ser que fuera un coleccionista de fetiches o un admirador friki, que eso era lo que pensaban, aunque no me lo dijesen, y yo comenzaba a reunir algunas de esas características.

Fue Ángel, precisamente, quien le echó el ojo, porque yo, de noche, sólo veo lo que quiero y lo que me interesa, pero esto, por desgracia, se me había pasado por alto. «¿No has dicho que vas a un festival en el que actúan tus Pet Shop Boys?», me había preguntado mi amigo, poniendo todo el peso de la entonación de la frase en el pronombre posesivo y acentuando éste con un tono irónico que no me pasó desapercibido pero que no me molestó. Después del énfasis de sus palabras, me señaló con el dedo hacia el poste, y entonces fue cuando vi el cartel. Enseguida me acerqué a la valla, que estaba a escasos metros de distancia, impulsada por un resorte que me hizo acelerar el paso, como si me jugara la vida en ello. Comprobé que la parte inferior del cartel se hallaba ligeramente despegada, señal inequívoca de que alguien se me había adelantado pero había abortado la maniobra. Tal vez porque había tratado de arrancarlo en hora punta y se había sentido observado, como un bicho raro entre rostros impertérritos y anónimos que hallaban en los demás un fiel reflejo de sí mismos y que no se atrevían a romper el molde de la monotonía en el que estaban atrapados, entre cuerpos desconsolados que simplemente llevaban a rastras el peso de la vida con sus pies y que deambulaban con la pretensión oculta de encontrar un punto de locura en medio de tanta compostura. Tal vez porque había sentido vergüenza de que lo pillaran in fraganti y había decidido abandonar una causa que, de golpe, le había parecido insustancial. Tal vez porque no estaba dispuesto a acarrear con aquella masa compacta de cuerpo excesivo. Tal vez porque había preferido huir, espantado frente al hastío de la realidad doliente. ¿Acaso es delito desenganchar un póster de una valla? ¿Acaso te pueden demandar los organizadores del evento o la agencia publicitaria? Era tal mi frenesí, inmersa en mi micromundo, que ni siquiera reparé en estos detalles, que no son nada nimios ahora que lo pienso, convencida como estaba en aquel momento de haber hallado un tesoro. Pero mis amigos me animaron a posponer el robo del cartel y a dejar aquel numerito, que les resultaba de lo más hilarante, para más tarde, ya entrada la madrugada. Yo estaba obcecada en llevar a cabo mi objetivo y me costó atender a razones. Estoy segura de que Ángel fue pasto de miradas inquisitorias del tipo «Anda, guapo, ya la has hecho buena avisándole a ésta de que has visto el dichoso póster; ahora nos va a dar la noche». Y aunque tenía mis reticencias a dejar el cartel solo y desamparado, no fuera que alguien se me adelantara y lo desenganchara, nos fuimos todos a cenar, yo a cenar y a dar la tabarra. Antes, me fijé en qué punto exacto de la calle estaba situado el poste publicitario, y le hice unas cuantas fotos; debía tenerlo todo bien controlado para ejecutar mi plan de manera exitosa al final de la noche.

¿Una romana o una margarita? ¿Una cuatro estaciones o una caprichosa? Nunca una carta de pizzas me había importado tan poco. Yo, en lo único que pensaba, era en que el cartel siguiera en el mismo sitio en el que se había quedado. Mientras estaba engullendo de manera atropellada aquella pizza humeante, mi mente no hacía más que darle vueltas al asunto y me dediqué a pergeñar mi plan intercalando risas y comentarios banales. Entre bocado y bocado, reparé en un detalle que podía resultar dificultoso en la práctica: aunque andara con sumo cuidado al despegar el cartel, tarde o temprano debería cortar el extremo superior, que es el que ofrecía mayor dificultad al estar firmemente sujeto. Aproveché un momento de despiste, cuando todos mis amigos parecían estar absortos en una conversación sobre la conveniencia de ampliar los carriles bici en la ciudad, y antes de que viniese el camarero a recoger los platos, escondí el cuchillo en la servilleta de papel cochambrosa, sin vacilaciones, como el que no quiere la cosa. En un movimiento rápido e improvisado, con esa seguridad y decisión que confiere estar cometiendo un acto impúdico, cogí mi móvil, que tenía sobre la mesa, y, con disimulo, lo metí en el bolso junto con el cubierto, que conservaba restos de mozzarella y de tomate adheridos al filo. Fue un hurto de lo más pueril, una acción inaudita que me dejó sorprendida a mí misma. En otro momento, jamás se me hubiese pasado por la cabeza cometer un acto tan vil; ahora, en cambio, lo veía como una gesta, un auténtico acto heroico. A ese extremo ruin y mezquino podemos llegar las personas, que ya es decir. Al margen de estos pensamientos, yo ya tenía en mi poder una herramienta que me permitiría cortar con delicadeza y sin problemas por donde fuera necesario. Me dio igual que se manchara de aceite el forro del bolso, eso era lo de menos.

A la salida de la pizzería, me encaminé junto a mis amigos hacia la calle donde estaba el botín. A él lo vi venir de lejos, desde lo alto de la empinada avenida. A mí me faltaban apenas unos metros para llegar al poste publicitario hacia el que ambos nos dirigíamos. El muy borrachuzo se tambaleaba grácilmente. Se aproximaba con ese andar característico que tienen todas las personas beodas. El chico era francés, lo deduje porque los otros cuatro que lo acompañaban, tan pasados de alcohol como él, hablaban en ese idioma. El guiri fiestero, ataviado con cazadora de piel, bufanda y bermudas a principios del mes de marzo, salía más o menos airoso en sus ejercicios de equilibrismo sobre las baldosas. Avanzaba en zigzag por la acera, haciendo alarde ante el reducido público, en igualdad de condiciones etílicas, de sus dotes de modelo. Sin duda, se habría ganado los aplausos en una hipotética pasarela en la que se promocionaran vinos en tetrabrik y bebercio de alta graduación. Pero después de tan magistral lucimiento dado su estado de embriaguez, la exhibición terminó de golpe. Y no porque aquel espectro estilizado con aspecto macilento y enfermizo trastabillara y se diera de bruces contra el suelo (que eso es lo que podía haberle sucedido), sino porque a mí me faltó decisión en el último momento, él se me adelantó, y yo me quedé sin el objetivo que me había llevado hasta allí, que era conseguir el póster de la valla.

El franchute anunció su llegada a la meta de un modo tremebundo, con unos breves y escandalosos bramidos que parecían emerger de lo más profundo de sus entrañas y que acompañó de unos elocuentes y acompasados espasmos. Aquello sólo podía vaticinar un final. Permaneció agazapado junto a la valla durante unos instantes que se eternizaron mientras yo contemplaba los hechos con impotencia. Tras varias arcadas, sintió unas bascas incontrolables y vomitó todos aquellos pestilentes jugos gástricos y otras pequeñas sustancias sólidas de difícil definición que el estómago no había sido capaz de digerir. El destino quiso que el póster quedara impregnado de aquella ligera lluvia agria y adquirió una nueva tonalidad, con puntitos anaranjados y rojizos en relieve. Todo él se convirtió en un repugnante salpicón de vómitos, lo que le confirió un toque artístico único dando al traste con todas mis expectativas y arruinando tan codiciada pieza.

Debí contar hasta diez, hasta veinte, o hasta cincuenta, para no mostrar mi ira ante el desastre del que acababa de ser testigo, y no tuve otro remedio que decirle adiós al objeto de mi deseo, que terminó impregnado con los efluvios de alcohol que rubricó aquel malhechor, un borrachuzo de tres al cuarto que se quedó bien descansado después de echar las papas encima de los Pet Shop Boys (¡menuda herejía! ¡qué tropelía!). Puede que a estas alturas del relato el francés todavía siga agarrado al poste como una lagartija de papel maché, temeroso de darse a la fuga por si se encuentra a algún pethead enfadado. Puede que del póster sólo quede un vestigio, una ligera huella, aunque lo más probable es que ya no quede ni rastro y que se halle sepultado entre otros anuncios. Pero, quién sabe ya nada, si de todo aquello sólo resta la mera anécdota, sólo queda el recuerdo de una ilusión fugaz que se desvaneció entre las sombras de la noche y el eco de las voces de mis amigos que se tronchaban de risa y me animaban a llevarme el cartel con aquel sello francés, sin duda exclusivo.

© Marta García Carrato-2017



© Marta García Carrato-2017

© Marta García Carrato-2017

miércoles, 6 de abril de 2016

Paisajes que se desmoronan

Otro paisaje que se desmorona: iba hoy andando por la calle Gran de Gràcia y, al pasar por la histórica pastelería La Colmena, he visto que el establecimiento ha cerrado definitivamente sus puertas al público después de más de cien años. Un enorme cartel de «Se alquila» anuncia que el local se encuentra disponible al mejor postor, es decir, a aquel que pueda pagar un alquiler que, en esa zona, ahora se ha revalorizado y se ha puesto al alcance de unos pocos privilegiados. He buscado en la ubicación de Google, y la tienda ya está registrada como «Cerrada permanentemente». Valga decir, para el que no lo sepa, que el obrador se halla al lado de los Jardinets de Gràcia y justo enfrente del emblemático edificio modernista, obra del arquitecto Lluís Domènec i Montaner, que alberga el hotel de lujo Casa Fuster. Los propietarios se han visto obligados a cerrar este comercio emblemático debido a la presión urbanística (por la futura extinción del contrato de renta antigua y porque el ayuntamiento les exigía hacer una reforma para actualizar las instalaciones). La Colmena forma parte indisoluble de mi infancia, ya que me crie en el barrio barcelonés de Gràcia y solía visitar el establecimiento con frecuencia. Esta mañana, sin poder remediarlo, me han venido a la mente tantas imágenes que he tenido que aferrarme a la escritura para volcar aquí todos esos recuerdos. Que sus propietarios hayan decidido echar el cierre al negocio centenario y de un modo tan repentino, es algo que me apena. Y esto no sólo me sucede en el caso de La Colmena, sino de todos aquellos comercios que tienen algún significado en mi vida, de un modo u otro, y que han cerrado después de tantos años de trayectoria (jugueterías, librerías, tiendas de discos…). Poco a poco, me van amputando pequeñas partes de mi niñez, y lo que antes se me representaba perpetuo, ahora se ha tornado del todo efímero. En ese mapa geográfico, cada vez son más los lugares que desaparecen, y los paisajes que configuraron mi infancia se acotan a marchas forzadas. Me entristece pensar que un día ya no se mantendrá en pie ninguno de esos escenarios, que parte de aquel mundo se habrá venido abajo, que se habrán perdido muchas piezas del puzle que componen mi vida; en definitiva, que cualquier vestigio de su existencia se habrá extinguido para siempre. Sólo me queda la posibilidad de poner a salvaguarda las imágenes que conservo en el reducto de mi memoria, en un compartimento estanco, antes de que ese mundo se desmorone, y congelar el tiempo como si de un hojaldre se tratara. Y esperar que todas estas percepciones nunca decidan marchar de allí hacia el territorio de la nada mientras trato de adaptarme a los cambios.

Cuando he visto la pastelería La Colmena cerrada, me he acordado inmediatamente de aquellos característicos rótulos del aparador, escritos a mano en vivos colores, que nos recordaban las tradiciones dulces del calendario local, y en los que podía leerse «Coca de chicharrones el Jueves Lardero», «Buñuelos de Cuaresma», «Hoy, Volante de San Cristóbal», «Mañana, crema de San José», «Especialidad en turrón de yema quemada» o «Roscón de Reyes». Todo eso ha desaparecido para siempre de sus escaparates. Tampoco queda ni rastro de los dibujos, hechos con pulso firme y mano diestra, de rosquillas, pasteles o de cocas de San Juan. Tan apetecibles los esbozaban y con tanta gracia mostraban esos reclamos en las vidrieras que casi te obligaban a entrar en la tienda, aun antes incluso de haber echado un ojo a los dulces auténticos que reposaban junto a las cajas de metal llenas de bombones y de galletas en las vitrinas, engalanadas siempre éstas con grandes manteles verdes de cuadritos vichy. Ahora, el panorama es bien distinto y desolador: unas hojas de papel de estraza basto y arrugado y unas cortinas tupidas cubren por completo las cristaleras. Resulta difícil creer que los pasteles y los brazos de gitano rellenos de nata y cubiertos de yema quemada, que eran artificiales y no comestibles —sí, eran de simulación, pura mentirijilla de poliestireno, tintura y betún— y que siempre estaban allí, ajenos al paso del tiempo, año tras año y festividad tras festividad, tal vez hayan acabado sus días en el contenedor de la basura y ya sólo pervivan en nuestro recuerdo.

Como esta pastelería centenaria había llegado a ser una auténtica institución en el barrio, los propietarios han colgado un cartel en la puerta, en el que agradecen la fidelidad a los clientes, incluidos aquellos que, de niños, la visitábamos con asiduidad los domingos, de la mano de nuestros padres. «Desde la pastelería La Colmena os queremos dar las gracias a todas y a todos por vuestra amistad y fidelidad, que nos ha permitido formar parte de vuestra vida durante cuatro generaciones. Ha sido un placer. Gracias por todo», reza el cartel. Si de algo nos acordamos los que fuimos pequeños hace unos años, es de los caramelos con los que nos obsequiaban los dependientes antes de salir de la tienda y que conservaban en enormes expositores de cristal. Yo contaba con cierta ventaja porque una vecina de mi calle, que se llamaba Juanita, trabajaba allí y, cuando nos despachaba ella, siempre tenía algún detalle extra conmigo. El aroma que desprendían aquellos caramelos artesanos de miel, romero, pino, anís, vainilla o eucalipto, que venían envueltos a mano y recubiertos en su peculiar y exclusivo papel blanco, era una perdición para los sentidos, tanto de mayores como de pequeños, y persistía en el aire durante un largo rato.

—¿Qué vas a ser de mayor? —me preguntaba Juanita, enfundada en su impecable delantal marrón abotonado hasta el cuello, ribeteado en blanco, desde el otro lado del mostrador.

—Pastelera —creo que le contestaba, porque yo tenía la facilidad de cambiar de oficio semana sí semana también, hasta que me dio la fiebre vocacional por el Periodismo.

—¡Qué cosas tienes! —se carcajeaba mi vecina dependienta—. ¡Una señorita no puede trabajar de noche en un obrador!

Yo apoyaba los codos en el mostrador de mármol blanco con la impertinencia y la curiosidad de un niño y me quedaba pensativa; por mi cabeza ya rondaba entonces la idea de que yo iba a ser lo que quisiera, pero como no formaba parte de mi personalidad el ser contestataria y me habían educado en la corrección, callaba, esbozaba una ligera sonrisa y me quedaba embelesada observando el modo tan peculiar que tenía Juanita de envolver los pasteles. Sí, porque ahora existen infinidad de envoltorios para presentar los productos (que si cajitas con ventana transparente para cupcakes o muffins 
—recubiertos de colorante verde de dudosa procedencia, por mucho que quieran hacernos creer que es de uso alimentario y que su ingesta no conlleva ningún riesgo para la salud, y una moda pasajera, a mi entender—, que si cintas metalizadas con macarons o llenas de corazones, que si bolsitas con los personajes de los dibujos animados que estén de moda en ese momento), un nuevo concepto de pastelería que nada tiene que ver con lo que se fabricaba entonces, que era lo tradicional. Juanita era una experta en aquel «packaging» tan rudimentario y elemental, y yo me deleitaba siguiéndola paso a paso en todas las fases del proceso, que iba desde que nos decidíamos por un pastel u otro hasta que éste estaba perfectamente envuelto y listo para llevárnoslo a casa. Seguro que Juanita la vendedora —que Dios la tenga en su gloria— habría sido ahora una famosa «youtuber» o algo por el estilo.

Primero, elegía el color de la bandeja de plástico, y que yo reciclaba luego para servir la merienda a las muñecas: verde, blanco, tal vez marrón, y en la que estaba impreso en relieve el logotipo y la dirección. Porque La Colmena, considerada entonces una pastelería de alto copete, podía permitirse ese lujo y no andarse con menudencias de cartonaje, como hacían otras de la competencia; además, aún no existían ni las platas ni los dorados de aluminio anonizado. Luego, Juanita colocaba una blonda redonda de blanco inmaculado, o de parafina, o de opalina calada, un estilo para cada ocasión. Con la ayuda de unas pinzas de acero inoxidable que manejaba con soltura, iba disponiendo los pastelillos surtidos, los palos helados de nata, los biscuits de la reina o lo que fuera menester, para protegerlos después con un papel fino encerado con el que revestía todo el conjunto delicadamente. A continuación, introducía los bordes de una tira estrecha de cartón en ambos lados de la bandeja y hacía girar la bobina de papel de envolver cortando con gran precisión el trozo necesario para rematar aquella obra de arte. El envoltorio nunca variaba pues era el distintivo de la casa: un papel de color blanco con el nombre y la dirección de la pastelería estampados en rojo, y el dibujo de una colmena llena de abejas que revoloteaban a su alrededor, a juego con las letras. A no ser que pidieras un brazo de gitano o una tarta especial, alta o alargada, o una mona de Pascua, con sus huevos grandes de chocolate, sus plumas y sus pollitos, antes de que éstos se fabricaran en la China. Porque entonces introducía el género directamente en una caja blanca de diseño austero y líneas rectangulares. Juanita ataba un cordelillo de color bermellón para finalizar el meticuloso procedimiento. Iba muy rápido y actuaba con agilidad, de la cantidad de veces que había ejecutado la misma operación, y yo me perdía indefectiblemente al llegar a este punto. Me parecía que algo de magia había en aquellas lazadas resistentes, homogéneas y bien ajustadas y en aquellos entrecruces de cuerda, para que el paquete no quedara atado con flojedad y no pudiera caerse por el camino. Mucho más que pericia tenían aquellas manos adiestradas que iban veloces cuando remataba todo el trabajo con un lazo perfecto, que completaba con unos tirabuzones con la ayuda de unas tijeras.

Juanita nos entregaba un pequeño papel en el que había anotado a mano el precio de los pasteles, que iban al peso.

—Pues, ahora, si son tan amables, mi compañero les cobrará —nos decía con una sonrisa en los labios, que siempre los llevaba pintados en rojo carmín.

No decía «mi compañero», esto me lo estoy inventando yo ahora, porque no consigo acordarme del nombre de aquel señor, creo que era el encargado, que estaba sólo para cobrar, siempre detrás de un diminuto cubículo de madera, al lado de la puerta. Sólo recuerdo que era gordinflón, y que parecía estar encastrado en aquel minúsculo cajetín, como formando parte del decorado. A diferencia del resto de los dependientes, que iban con un delantal amplio, aunque todos encorbatados por mucho calor que hiciese, él llevaba un traje de tonos oscuros, una camisa blanca y una corbata tan bien sujeta que parecía que se iba a ahogar debido a la presión que le ejercía el nudo. A veces, salía de su guarida haciendo un esfuerzo enorme para desencajar su cuerpo del habitáculo, pero únicamente para estrechar la mano de los mejores clientes, y entonces exhibía sin complejos un enorme barrigón que se movía al ritmo de sus carcajadas. Esta escena, no sé por qué, se me ha quedado grabada en mi memoria. Me acuerdo que, cuando hablaba, solía introducir las manos en los bolsillos del pantalón de pinzas, muy amplios a la altura de la cadera y estrechísimos en el tobillo, que eran los que estaban de moda en los años setenta, para lucir sus zapatos relucientes. Recuerdo que tenía el rostro rechoncho, que era de cejas pobladas y que llevaba el pelo peinado hacia atrás. Casi no se le veía la boca cuando hablaba porque se la tapaba un ancho bigote que por fuerza le debía de molestar a la hora de probar los dulces con azúcar lastre o los esponjados de merengue de distintos colores y sabores que de buen seguro se zampaba en el horno del obrador. En verano, cuando hacía mucho calor, y como todavía no existían los aires acondicionados, se quitaba la americana y se permitía la licencia de arremangarse la camisa, por debajo de los codos. Si Juanita tenía una agilidad innata para los nudos y los lazos, aquel hombre la tenía para contar los billetes y las monedillas (céntimos y pesetas), y para devolver el cambio aunque estuviera rezando el Padrenuestro a la vez. No recuerdo a nadie que agarrara las monedas y que fuera capaz de hablar y de contar a la velocidad de un meteoro como él. Aquellas manos enormes y pulidas parecían una prolongación de la caja registradora y realizaban todos los movimientos de manera mecánica y sin dilación. Habían sido creadas especialmente para coger la nota escrita a mano de Juanita y clavarla con firmeza en un gancho metálico donde se iban añadiendo todos los papeles que componían el conjunto de las ventas del día. Al encargado de la contabilidad se le tornaban los ojos más grandes y luminosos cada vez que destripaba y agujereaba un nuevo tique y añadía con habilidad el botín en aquel garfio cual tesoro de un pirata.

Cuando sonaba la campanita de la puerta que anunciaba que un nuevo cliente entraba en el establecimiento, casi parecía que aquellos ojos se le iban a salir de las órbitas; un resorte le hacía dejar todo lo que estuviese haciendo en aquel momento para girar la cabeza de inmediato y dar la bienvenida, por supuesto con una amplia sonrisa, perfectamente estudiada y repetitiva, al igual que el tono y la inflexión de la voz.

—¡Hombre, señor Jesús! ¡Adelante, ya tiene su encargo preparado! Enseguida le atenderá Juanita. ¡Un placer, señores! ¡Hasta otro día! 
—nos decía a mi padre y a mí, dando por finalizada nuestra visita en seco. Tal vez me he pasado en cuanto a pelotillero, porque esta respuesta es una invención mía y mi memoria no llega hasta el extremo de acordarse con exactitud de sus palabras, pero seguro que algo parecido nos contestaba porque era muy lisonjero y servicial con todos los clientes.

En la puerta, Juanita, o el dependiente de turno, nos estaba esperando para darnos el envoltorio con los pasteles y desearnos un buen día con una sonrisa pintada en los labios. No como ahora, que en algunas tiendas te devuelven el cambio y ni siquiera te miran a la cara.

El pasado mes de diciembre, cuando fui a la tienda a por los dulces navideños, nada me hacía presagiar que estaba comprando la última barra de turrón de yema quemada y que, al saborearla, mi memoria gustativa se esmeraba en preservar y registrar con todo detalle la textura, la cremosidad y la suavidad de esa experiencia sensorial en el paladar, el breve crujir del azúcar quemado deshaciéndose en la boca, para luego poder evocarla en la medida de lo posible. Pero, ¿durante cuánto tiempo se puede recordar un sabor con intensidad, sin que se nos escape de nuestra memoria, a salvo, imborrable, como el sabor del primer beso, para poder patentarlo en el mapa gastronómico de las vivencias de nuestra infancia? ¿Será cierto que todo pasa y que nada queda? Yo, ahora, daría lo que fuese por volver a sentirlos…

(NOTA: Los personajes que aparecen en este relato son todos ficticios, aunque están basados en la realidad.)


© Marta García Carrato-2016


Rótulo de la pastelería La Colmena,
 que estaba situada en Gran de Gràcia, 15
© minube.com
Durante la Navidad, la pastelería La Colmena
 exhibía estos llamativos rótulos en los escaparates.
© barcelonacafe.blogspot.com.es
Unas hojas de papel de estraza
 cubren ahora las cristaleras.
 
© La Vanguardia (J. Sancho)-2016
Rótulo característico de La Colmena
 durante las fechas navideñas.
© barcelonacafe.blogspot.com.es
Rótulo característico de La Colmena
 durante las fechas navideñas.
© barcelonacafe.blogspot.com.es
Los propietarios de La Colmena han colgado un cartel en la puerta
 para agradecer la fidelidad de los clientes.
© La Vanguardia (J. Sancho)-2016




Bandejas de plástico que utilizaban
 en la pastelería La Colmena en los años setenta.
© Marta García Carrato-2016

Envoltorio de papel de La Colmena.
© Marta García Carrato-2016

Caja de turrón de La Colmena.
© Marta García Carrato-2016

El olor que desprendía este turrón cuando abrías la caja
 era puro embeleso para los sentidos.
© Marta García Carrato-2016

En este caso, sobran las palabras.
© Marta García Carrato-2016





viernes, 1 de abril de 2016

El día de la ilusión: El álbum "Super", de Pet Shop Boys, ya está a la venta

He de confesar que ansiaba que llegara el momento de poder realizar el mismo ritual que sigo, paso a paso, desde hace años, cuando sale al mercado un disco de mis ídolos, los Pet Shop Boys. Es un instante mágico, que puede resultar bastante incomprensible para quienes no son forofos musicales o no son seguidores de ningún cantante o grupo en particular.

Hace algunos años no quedaba otra que soportar con estoicidad a que llegara la fecha del lanzamiento para poder escuchar los nuevos temas que componían un álbum; ahora, por el contrario, desde el advenimiento de internet ya es posible descargar un archivo con todo el trabajo con una semana de antelación antes de que se ponga a la venta.

En plena era digital, es fácil caer en la tentación de bajarse las canciones y olvidarse de los prolegómenos (en mi opinión, románticos y placenteros) de desprecintar el cedé con torpeza debido a los nervios del momento, introducirlo en el equipo y darle al Play al tiempo que se extrae cuidadosamente el libreto y se lee con esmero mientras suenan las canciones. Debo admitir que estuve a punto de hacer clic y saltarme esa regla de oro inapelable, pero en ese caso no habría sido fiel a mis principios.

Mis nervios se habían acrecentado más, si cabe, porque estos últimos días había leído críticas, en su mayor parte negativas, sobre "Super", que así es como se titula el nuevo disco, en la página de los seguidores de Pet Shop Boys, de la que soy miembro. Después de luchar conmigo misma, que si lo escucho que si no, que si me espero que si no, decidí que lo más juicioso, en mi caso, era recluirse, casi cual ermitaño, y hacer oídos sordos a los comentarios, en general poco favorables, que los fans habían ido publicando, a la espera del ansiado día. Y seguir con el ritual.
Ese día ha llegado. Ese día es hoy. Y hoy puede ser un día maravilloso. Es el día de la ILUSIÓN, sí, escrito en mayúsculas. Sólo un verdadero fan de los Pet Shop Boys puede saber a lo que me estoy refiriendo. Tengo ante mí el reto de experimentar nuevas sensaciones auditivas y de descubrir músicas que todavía no conozco pero que estoy segura que formarán parte de mi vida. Yo lo percibo así, y sé que así será.

Yo no entiendo demasiado de técnica musical, a diferencia de una buena parte de seguidores de mi grupo preferido que, casi al instante de lanzarse los nuevos temas en internet, han corrido a colgar un post (ni que lo tuvieran preparado con antelación) en el que han hecho pormenorizados análisis, apreciaciones y comparaciones (que si la influencia del productor, que si el ritmo de esta canción). Algunos son verdaderos entendidos en la materia. Mi cerebro sólo entiende de percepciones, me involucro tanto que todo mi ser, en ese momento, está aislado del mundo y me compenetro y me rindo totalmente ante el sonido. No sé si a esto se le puede llamar sentir la música con el corazón. Ésa es la única explicación que yo sé dar y así es como voy a escuchar "Super": desde el corazón.

Hoy es un día SUPERgrande que pienso disfrutar. ¡Un abrazo a todos los petheads que compartimos este mismo sentimiento y esta misma ilusión!



miércoles, 8 de abril de 2015

Los cajeros de banco


(Dedicado con cariño a Zarzamora, la empleada de banca que tan buenos ratos me hace pasar leyendo las entretenidas anécdotas de su blog.)


Hace tiempo que sigo un blog muy pero que muy interesante, «Desde mi ventanilla», firmado por Zarzamora, una empleada de banca que cuenta las anécdotas que le suceden en el trato diario con los clientes de la entidad en la que trabajahttp://desdemiventanilla.blogspot.com.es/ . En una de sus últimas entradas, que titula Hartita me tienen, describe pormenorizadamente, con soltura y gracia, todos los tipos y tipejos que tiene que aguantar en la ventanilla. Me he divertido tanto con su lectura que he decidido aportar mi granito de arena al asunto, pero desde mi visión como cliente. Porque yo también tengo que tratar a menudo con cajeros y cajeras de banco de variadas tipologías. Todos ellos me sirven de inspiración. Si alguien que me lee pertenece a ese gremio, ¡estáis perdonados! Espero que también seáis capaces de perdonarme a mí.
Primero intentaré presentarme. Yo no sé muy bien cómo definirme. Soy una clienta algo guerrera pero educada que detesta hacer uso de un cajero automático cuando puede ser atendida por un empleado al que decirle buenos días y explicarle la operación que desea realizar. Sigo las normas al pie de la letra: que hay que coger número, yo lo cojo; que hay que ponerse detrás de la raya marcada en el suelo, yo me pongo. Cuando va a tocarme mi turno, ya llevo mi libreta y mi documentación en la mano, y cuando el empleado va a atenderme siempre me adelanto y le pregunto si necesita mi D.N.I. para agilizar la gestión. Mirad si soy disciplinada y colaboradora. Si él va al grano y no me dirige la palabra, yo actúo igual y cuando acaba la operación le digo adiós muy buenas. Si él es de los que les gusta relacionarse con los clientes y hablar del tiempo, yo le digo que en la oficina se está muy calentito o muy fresquito pero que afuera, en la calle, hace un frío que no hay quien lo aguante o un calor del demonio (sólo para dejarle entrever lo bien que vive). No sé si con esta breve descripción los que ejercen la profesión de cajero de banco ya se habrán podido hacer una idea de qué tipo de cliente soy y me habrán calado a la primera, dada su gran experiencia en el trato con el público. Tampoco sé si me habré ganado su perdón a estas alturas. Porque eso sí que lo tengo: yo me quejo siempre que puedo, pero con educación. Por ejemplo, si hay mucha gente esperando, le digo al cajero que claro, como están cerrando un montón de oficinas, pasa lo que pasa y el cliente es el que paga las consecuencias, porque no todo el mundo puede hacer uso de la banca electrónica. O que a ver por qué un recibo sólo puede pagarse a determinadas horas y determinados días de la semana, que no todos los empleados tienen la libertad de abandonar un momento su puesto de trabajo para ir al banco. O que a ver por qué de las dos ventanillas que hay, una está la mayoría de las veces cerrada cuando ves tanto personal “merodeando” por detrás sin atender al público. O que a ver por qué tienen que cerrar una sucursal durante las vacaciones de Navidad o de verano y la más cercana está en la otra punta del barrio, porque para mucha gente mayor esto supone un gran perjuicio. Y cosas por el estilo… Ahora supongo que ya os habréis hecho una idea mejor del tipo de cliente que soy y podréis incluirme en el grupo en el que merezca estar. Se me olvidaba decir que siempre acabo con la misma coletilla: «Ya sé que usted es un empleado y no tiene la culpa, pero es que no hay derecho». Vamos, que yo también tengo que aguantar lo mío como clienta de banco.
Mi cajero favorito es un empleado quejica muy simpático con los clientes y con cara de buena persona. A ver si un día de éstos le pregunto cómo se llama porque el hombre, así, de entrada, me cae muy bien. Tiene mucha, muchísima paciencia con la gente mayor que entra a esa oficina. Cuando me toca el turno y yo me quejo de algo, él siempre me suelta el mismo discurso: que ni me imagino la presión y ansiedad que tienen que soportar últimamente los empleados, que por eso hay mucho absentismo laboral, que cada vez hay más prejubilaciones y menos personal, que ahora tienen que trabajar más… Bueno, bueno, tampoco hace falta que se disculpe así conmigo. A continuación, empieza a soltarme su anecdotario particular: que si el otro día un hombre le dijo que era un ladrón, que si otro se atrevió a llamarle sinvergüenza en su cara, que si en una ocasión dos personas incluso llegaron a las manos y tuvieron que venir los mossos… Siempre que hablo con él yo padezco porque el cajero se enrolla y se enrolla, su verborrea es imparable, y yo no hago otra cosa que pensar en la gente que espera su turno detrás de mí en la cola, me pongo en su lugar ¡y la situación me pone de los nervios! Pero míratelo a él, ni se inmuta, tú... Yo intento cortarle sin parecer descortés, pero él sigue con su rollo. No le importa que cada vez haya más clientes esperando. La verdad es que cuenta anécdotas tan interesantes y rocambolescas que más de una vez me han entrado ganas de invitarle a tomar un café para que me las siga contando y me sirvan de inspiración, pero no quisiera que pensase lo que no es, y por eso me limito a despedirme con un simple gracias, un adiós y hasta la próxima. Qué empleado tan simpático, dicharachero y largo de conversación. El quejica debe de ser, sin duda, un saco de sorpresas.
¡Que pase el siguiente!
© Marta García Carrato-2015
En el polo opuesto sitúo al empleado de recién incorporación, como le llamo yo, que trabaja en otra oficina de la misma entidad financiera que el anterior. Éste es un niñato de unos veintipocos años, de imagen impecable, a lo rollo hipster, con flequillo tupé, gafitas de pasta de color negro como las que llevan todos los profesionales expertos en economía, cejas depiladas y cuidada manicura. Me mira lo justito y cabal, sin prestarme mucha atención después de comprobar, por el estado de mi cuenta, que yo soy una clienta poco rentable y que conmigo puede sacar bien poco partido. Parece que quiera dejar claro que él, aunque ha pasado un duro proceso de selección, está de paso en esto de ser cajero de banco y que lo del contacto directo con el cliente es algo pasajero porque él tiene otras aspiraciones... Que él está muy orgulloso de su formación académica, porque seguro que tiene un máster en Administración y dirección de empresas, otro máster en Economía y finanzas y un sinfín de cursos específicos. Y total para tener que atender a jubilados que vienen a sacar el dinero de su pensión o a mujeres pesadísimas que le plantan encima del mostrador el catálogo de los puntos estrella y le preguntan si ya les llega para solicitar el juego de sartenes. El pobre cajero novato y recién llegado debe de estar que trina. Estoy convencidísima de que este pájaro volará y que tarde o temprano dejará de verse por esa oficina. Y si no, el tiempo…
Conozco a otro cajero (en este caso, cajera) que podría definir como el asesor financiero. Hace bastantes años que tengo trato con esta profesional, que se llama Rosa, y que debe de ser de las pocas afortunadas que han conseguido seguir en la misma oficina. Recuerdo que fue escalando puestos y ahora es la directora de la sucursal bancaria. Tiene un entusiasmo y una habilidad comunicativa que siempre me sorprenden. Esas dotes, sumadas a su aterciopelada voz, son una combinación perfecta para que sepa convencer hasta a la más incauta de sus víctimas. Porque, a la mínima que puede, te explica los nuevos servicios financieros y los productos que más se adecuan a ti. Incluso ha llegado a llamarme a casa y a decirme que si me iba bien pasarme por la oficina un momentito porque tenía un nuevo fondo de pensiones o un nuevo seguro para el hogar que podían interesarme. Como hace muchos años que nos conocemos, no puedo enviarla con viento fresco y colgar el teléfono sin más dilación, así que me veo en la obligación de guardar las formas, actuar con educación y soltarle el rollo de que estos días ando muy ocupada y me resulta imposible encontrar un hueco en la agenda, que ya lo consultaré por internet, ya me lo pensaré y ya le diré algo. Por no decirle que me deje en paz, que yo no soy una clienta rentable sino que, en realidad, y de buena gana si pudiera, sería una clienta borde que le cantaría las cuarenta y le diría que no tiene ni vergüenza por cobrarte comisiones hasta por el mantenimiento de tu cuenta, y que es más PESADA que los antiguos vendedores de enciclopedias, siempre con lo mismo. Pero todo esto me lo callo y me tengo que aguantar. Mejor que no salga de aquí.
Hace tiempo también di con un cajero ligón, o al menos es lo que me pareció a mí. De memoria prodigiosa, enseguida se aprendió mi nombre de pila, sin necesidad de abrir mi libreta de ahorro para verlo y dirigirse a mí con un trato tan personalizado. Al principio, me imaginé que lo hacía con todos los clientes y que era su estrategia para fidelizar, pero me di cuenta de que sólo actuaba así conmigo y empecé a malpensar. Incluso me dio una tarjeta con su nombre, su teléfono y su correo electrónico, que yo pensé: ¿para qué me das una tarjeta, Carlos López Quesada, si tú no eres el director de esta sucursal y yo sólo vengo por aquí a ingresar unos pocos eurillos? Mientras yo estaba en la cola, me fijaba en que aquel cajero atendía a los clientes siempre sentado, desde su sillón, porque así estaba más cerca del ordenador, pero cuando me tocaba a mí el turno se levantaba raudo, como si tuviera un resorte en el culo, y se pegaba literalmente al cristal de la ventanilla. «Buenos días, Marta, ¿qué tal? ¿Cómo estamos? ¿En qué puedo atenderte?», se ofrecía caballeroso cuando llegaba mirándome fijamente con ojillos viciosos y miopes y rozándome ligeramente la mano al entregarle mi libreta. «Ya sabes que estoy a tu disposición», se despedía siempre de mí cuando me marchaba con una sonrisa de oreja a oreja. Yo me ponía roja como un tomate y tenía que aguantarme la risa porque tanta comicidad me recordaba a aquella mítica escena de la película Atraco a las tres, en la cual José Luis López Vázquez soltaba encandilado aquella frase a la clienta, cuando ésta entraba por la puerta de la sucursal: «Caramba, señorita Catia, encantado de verla por aquí. Fernando Galindo, un admirador, un esclavo, un amigo, un siervooo». Vamos, que sólo le hubiera faltado decirme que estaba a mis pies o llevarme en volandas hasta la puerta, delante de todo el mundo, de lo bien que me trataba siempre. El cristal que nos separaba hacía las veces de confesionario, porque el cajero pronto empezó a explicarme sus problemas personales como si me conociera de toda la vida: que si tenía dos hijos adolescentes a los que no les gustaba estudiar; que si su madre estaba muy mal de salud, apenas se levantaba de la cama y habían tenido que buscarle una cuidadora; que si a él le encantaba ir en bici los fines de semana por la Villa Olímpica cuando hacía buen tiempo para olvidarse de los problemas; que si su mujer era una buenaza, una auténtica santa y tenía mucha paciencia para soportar la situación familiar por la que estaban atravesando… Eso era lo que a mí no me cuadraba, que hablara tan bien de su mujer si pretendía ligar conmigo. Un día que yo estaba haciendo cola, él entró en la oficina, después de haber salido a almorzar, y en cuanto me vio, me sonrió de una manera exagerada, se dirigió hacia mí con evidente coquetería en los andares, me saludó con efusividad y me dio un par de sonoros besos impregnados con olor a tabaco a ambos lados de la mejilla que no vinieron a cuento de nada. Ese día él firmó su sentencia ante mí: tomé la decisión de cortar por lo sano, poner los pies en polvorosa, o sea, desaparecer para siempre, y cambiar de oficina para perder el contacto. Nunca supe sus verdaderas intenciones, ésa es la verdad, porque yo sólo atendí a los signos del lenguaje no verbal y no a la evidencia plausible. Tal vez confundí los términos y no era un ligón sino un pelota que actuaba así porque tenía miedo de que un día me llamaran a casa de manera inesperada los del Servicio al Cliente para saber mi opinión sobre el trato recibido en su sucursal y valorar del uno al diez, igual que hacen los de Movistar cuando tienes alguna incidencia con la línea telefónica. Pero yo no tenía ninguna necesidad de aguantar aquellas babosidades, fuera lo que fuese… Supongo que Carlos López Quesada pronto se buscaría otra clienta que le hiciera de psicóloga, abusando de su confianza, que le escuchara con atención tras el grueso cristal de su ventanilla. O no… Yo, por si acaso, di por zanjada aquella situación que no me habría traído nada bueno, sólo problemas y quebraderos de cabeza. ¿Mi valoración si me hubieran llamado en verdad los del Servicio al Cliente? Pues un nueve, porque lo que me reí con la insistencia y el buen trato de aquel cajero no lo sabe nadie.
Por último, hablaré de un empleado que no suelo tratar con mucha regularidad, sólo de tanto en tanto, pero que, las veces que nos vemos, se niega a contraer el síndrome del cajero automático, como lo defino yo, aunque no sé si esta definición es acertada o no, porque no soy experta en temas financieros. Veréis, se trata de un hombre de mediana edad, que se pone una estufa a los pies en invierno (aunque en esa oficina la calefacción suele estar hasta los topes) y un climatizador en verano (aunque salgas siempre de allí con las manos heladas como un cubito de hielo), y que actúa con gestos ceremoniosos y con mucha parsimonia, igual que un funcionario frustrado —echo mano de este arquetipo, aunque sé que muchos empleados públicos curran de verdad—. Parece que el hombre estuviera pensando: «Bueno, de aquí a dos días, me voy a prejubilar con unas condiciones que ríete tú, bonita. Estás tú lista si te crees que me voy a estresar por culpa tuya… A mí, plín. Lo que tú me estás contando, por un oído me entra y por el otro me sale. Yo me lo tomo con calma y ahora mismo, en cuanto acabe contigo, salgo a almorzar. Luego, cuatro papelitos de nada y, hala, a casita. A comer y a dormir la siesta, que con el madrugón que me pego con este horario intensivo, me tengo bien merecido el descanso». Y decía lo del síndrome del cajero porque a la que tú le dices lo que quieres, enseguida te indica que esa operación se puede realizar desde el cajero automático. Sea lo que sea lo que le requieras en el mostrador, él siempre te envía al cajero. ¡Qué tirria les tiene a según qué transacciones, por favor! Pone la excusa de la comodidad del servicio, para que no tengas que esperarte y hacer cola, pero yo sé que lo hace porque a este «currante» le gusta trabajar poco. Como se las sabe todas, con muy buenas palabras se te quiere quitar de encima. Ése sí que vive bien… Más le valdría avisar para que arreglen el cerrojo de la puerta, que hace siglos que no funciona y cualquiera puede entrar y atracarte en cualquier momento, y decirle a los de mantenimiento que limpien con mayor periodicidad el cajero automático, que huele a perros muertos porque algunos indigentes lo usan de cobijo para dormir (eso sí que es triste), y hay tanta porquería acumulada en todos los rincones que no puedes dejar encima ni siquiera el billetero. «¡Y a mí qué me cuenta usted!», intuyo que me diría mi amigo el estresado de conocer mis maquinaciones. Pues nada, que le aproveche y que usted se prejubile bien.
Pues hasta aquí mi tipología de los cajeros de banco con los que he tratado en algún momento o trato en la actualidad. Espero que si alguno de ellos lee esta entrada, se lo tome con humor y me disculpe si he escrito algo que le haya podido molestar pues nada más lejos de mi intención. Lo mismo que dice Zarzamora, la empleada de banca, en la entradilla de su blog «Desde mi ventanilla», os lo digo yo, pero en este caso desde el otro lado del mostrador: Soy cliente de una entidad bancaria, espero que me perdonéis la vida y que no me odiéis por ello. Gracias por haberme leído, seáis cajeros de banco o no, y hasta la próxima.
© Marta García Carrato-2015

miércoles, 11 de marzo de 2015

Descubrir un nombre en una esquela


(A Sergio, en recuerdo de su amistad.)
 

Querer rescatar a alguien del pasado entraña un riesgo parecido a la espeleología. Yo estaba realizando esa actividad de manera consciente y me he quedado atrapada en las profundidades de una cueva cuando he leído un nombre en una esquela. Y como tantas otras veces que estoy en apuros —y más cuando el rescate es complicado—, he decidido echar mano de la escritura, a ver si ésta me lanza una cuerda y puedo volver a salir a la superficie.

Hoy escribo más que nunca porque tengo la necesidad de hacerlo. No puedo dejar de teclear, impulsada por un resorte que me va dictando las palabras a medida que éstas van saliendo en tropel de mi mente en un desorden con visos de convertirse en caos, una letra detrás de otra, a la espera de que este ejercicio mecanográfico actúe como un bálsamo y me ayude a asumir la noticia, demasiado reciente para que el pensamiento pueda asimilarla de golpe y luego le haga un hueco en la memoria. Porque ver el nombre de alguien que conociste en una esquela, es qué menos que impactante, y yo necesito un tiempo para digerir esa crueldad.

Tendré que remontarme a la década de los noventa, que es cuando comienza la historia que os quiero contar. Entonces se estilaba mucho lo de coleccionar posavasos, unos objetos superfluos que hoy, en parte debido a la crisis, están casi en desuso y condenados a desaparecer. Yo me apunté a esa moda casi sin darme cuenta. Al principio, conservaba los posavasos como mero recuerdo de mi paso por un bar o un restaurante —igual que el que tiene la manía de guardar las tarjetas de los establecimientos—. Poco a poco esto se fue convirtiendo en una costumbre y nunca me marchaba de un local sin antes haberle pedido al camarero la cuenta y un posavasos, a ser posible intacto, sin estrenar, para tener yo constancia de que había estado en el garito en cuestión. Como entonces salía con mucha frecuencia, pronto empecé a recopilar un número bastante considerable de aquellos soportes de papel y, como tenía muchos repetidos, comencé a cartearme con coleccionistas de otros lugares para intercambiar nuestros pequeños tesoros. Así fue como conocí a Miguel.

Durante años, ese nombre había permanecido en el olvido y nada me hacía presagiar que ahora iba a ser rescatado con virulencia de mi memoria. Su nombre y sus apellidos han irrumpido esta mañana sin previo aviso. Ha sido mientras estaba sacándoles el polvo a unas cajas que guardo en lo alto de una estantería que ha vuelto a salir del baúl de los recuerdos. Primero he recuperado una foto que ya empezaba a amarillear y a tener pequeñas huellas de humedad debido al paso del tiempo. En la instantánea, Miguel aparece junto con Elena, su mujer, y su hija, Victoria (Vicky, como solían llamarla); se les ve felices a los tres, de vacaciones junto al castillo de Bellver, en Mallorca. Después he rememorado algunos detalles sueltos de su vida, que él solía explicarme en las cartas que nos mandábamos asiduamente entonces. La correspondencia no la conservé por motivos de espacio, pero sí esta foto junto con alguna felicitación navideña que me hizo gracia guardar. Luego he decidido sentarme delante del ordenador y buscar su nombre en internet, movida por la curiosidad de saber qué había sido de su vida y para volver a contactar con él con la ayuda de las tecnologías. Y ha sido precisamente por culpa de éstas que he sabido de su muerte. Y aquí estoy, con la foto delante de mí, intentando encajar la noticia.

No recuerdo ahora durante cuánto tiempo mantuvimos un intercambio epistolar —tal vez fueron cinco o seis años, o incluso más—. Algo que hoy por hoy, al igual que los posavasos, está también abocado al olvido debido a la irrupción de las nuevas tecnologías. Pero antes de los sms y de los malditos whatsaps, mandarse cartas de puño y letra era de lo más normal. Nunca llegué a entablar una relación profunda con Miguel, ni mucho menos. Más bien el objetivo de aquellas cartas era ampliar nuestra colección de posavasos y aquella afición que compartíamos establecía nuestro nexo de unión. Sin embargo, habría quedado bastante frío si hubiese introducido cinco o seis posavasos dentro de un sobre y los hubiese mandado directamente, sin más, a su domicilio de Logroño, por lo que siempre acompañaba los objetos de intercambio con unas cuantas frases. Muy originales no éramos ninguno de los dos, todo hay que decirlo. Nada, el típico hola qué tal —yo bien, gracias—, para luego preguntar por la salud —recuerdo que él solía profundizar algo más en este aspecto—, a continuación hablar del tiempo —que siempre es muy recurrente y con el que se pueden llenar un par de líneas—, dar una breve explicación de los posavasos que adjuntábamos —porque, a veces, según el estilo de la letra en que habían sido impresos, no se apreciaban bien los caracteres— y, por último, despedirnos con el consabido formulismo del fuerte abrazo para toda la familia y hasta la próxima. Pero, poco a poco, fuimos profundizando más y gracias a aquellas cartas, en las que nos explicábamos nuestros sueños, ambos pudimos hacernos una composición de nuestras respectivas vidas. Así, llegamos a compartir momentos buenos y malos como la defunción de su suegro, el incendio de su coche, las buenas notas de Vicky, la ascensión de Elena en el trabajo o la ilusión ante unas próximas vacaciones. Yo, entonces, recién había terminado la carrera, y supongo que le contaría que mandaba mi currículum a muchas empresas, o que había conseguido un trabajo en una revista, o que había dejado lo de la radio. No sé, ya casi no me acuerdo. Siempre nos prometíamos que cuando yo fuera a Logroño o él viniera a Barcelona, avisaríamos y nos conoceríamos personalmente, pero ese momento nunca llegó y sólo quedó en pequeños retazos de vida explicados en apenas unas líneas escritas.

Con el tiempo, nuestras cartas se fueron espaciando más, supongo que por motivos laborales y falta de ganas, porque mantener una relación epistolar en la distancia con alguien que no has visto jamás se hace complicado y con los años se desgasta en la mayoría de casos, a la par que baja la fiebre por coleccionar posavasos. Y llegó un momento en que se extinguió la comunicación y dejamos de tener noticias el uno del otro.

Y han sido precisamente las nuevas tecnologías las que me han permitido saber otra vez de mi amigo por correspondencia. Porque la memoria es caprichosa, nos juega malas pasadas y nos hace recordar con facilidad el nombre y los apellidos de una persona que nos parecía que había quedado congelada en nuestro pasado. Y no; seguía de manera latente, aunque con la tontería, de eso hayan pasado quince años.

Maldito el día en que se me ha ocurrido la idea de teclear en mi ordenador ese nombre con el simple objetivo de curiosear y de que el señor Google, con su disfraz de pitonisa, me diera una respuesta. Pensaba que me había equivocado la primera vez e incluso he cerrado el motor de búsqueda para volver a entrar e intentarlo de nuevo por si no era ése el usuario que estaba buscando. Allí aparecía su nombre completo: el señor Don MIGUEL DE PINILLOS LATORRE. Esta vez no había posibilidad de error. Me he llevado un gran disgusto cuando he visto el nombre de mi amigo epistolar en la esquela publicada por el periódico de noticias de La Rioja y he sabido de su defunción, el 10 de abril de 2012, a los 52 años de edad. Y el disgusto ha sido mayor cuando he leído que era viudo de doña ELENA POZUELOS SANSEGUNDO, fallecida tres años antes que él. Enseguida he visto el nombre de la hija de ambos, VICTORIA DE PINILLOS POZUELOS, la niña de unos cinco años que aparece en la foto que tengo ahora delante de mí, desdibujada por el tiempo, y que perdió a sus padres recién estrenada su juventud.

Me imagino que mi nombre también debió de quedar en su olvido o relegado a un minúsculo rincón de su memoria. No veo ningún motivo a estas alturas para dejar un comentario en el diario expresando mis condolencias. Porque, como ahora los periódicos pasan por momentos difíciles y tienen que buscar nuevas vías para aumentar sus ingresos o, por lo menos, subsistir, la digitalización ofrece la posibilidad a los familiares y amigos de los difuntos, además de contratar una esquela, de encender una vela (se puede escoger entre varios modelos), publicar un mensaje, una foto e incluso un vídeo para que quede constancia y nunca se olvide al ser querido.

Hoy la espeleología me ha demostrado ser una actividad de alto riesgo cuando se practica sin protección. Creo que se me está bien empleado, por no dejar el pasado donde está. Pero me ha entrado una gran congoja al pensar que mi amigo epistolar ya no puede volver a vivir su vida, que su familia quedó truncada y que todos aquellos sueños compartidos se hicieron mil pedazos, como las cartas que no guardé. Conservo de él una foto y el legado de posavasos que me fue enviando a lo largo de varios años. Descansad en paz, Elena y Miguel.
© Marta García Carrato-2015
 
En recuerdo de mi amigo coleccionista de posavasos y de su mujer.
© Marta García Carrato-2015
 

miércoles, 25 de febrero de 2015

Mi cita con el técnico de neveras


Hoy os voy a contar una anécdota que me sucedió con una marca de electrodomésticos de alta gama. No voy a citar el nombre, pero todos adivinaréis de qué marca se trata si os digo que en uno de los anuncios que emitían por televisión estaban tan seguros de la calidad de sus frigoríficos que ofrecían al potencial comprador diez años de garantía. ¿Os suena? Os recomiendo que leáis esto especialmente si tenéis intención de renovar vuestra nevera, y también si sentís curiosidad, por supuesto. Siento que esta vez mi artículo sea tan largo, pero considero que la historia no tiene desperdicio y, como un buen modo de desfogarse es a través de la escritura, en este caso me parecía que era un sacrilegio resumirla. Quedáis avisados.

Todo comenzó hace un año y medio aproximadamente, cuando adquirí un frigorífico-combi de alta gama. Cuando lo compras, cómo no, todo son ventajas. No sólo estás pagando la calidad del producto sino el magnífico servicio post-venta. «El mejor servicio técnico es el de esta marca.» Eso fue lo que me recalcaron no una sino varias veces en la pequeña tienda de electrodomésticos de una pequeña localidad ampurdanesa. Esas tiendas donde el trato es familiar y donde el mismo señor Pep que te vende la nevera, viene a tu casa a instalarla. El señor Pep se presentó con la nevera y con una sonrisa pero, antes de subirme el enorme frigorífico a casa, se encargó de no hacer ni un solo desconchón en la pared de la escalera (para que luego no tengas problemas con los vecinos en la reunión de la comunidad y para que nadie pueda echarte en cara que los transportistas que vinieron eran unos bestias). El señor Pep se presentó, como digo, con la nevera, con una sonrisa y con una manta (para no rayarte el suelo de parquet que apenas te ha dado tiempo de estrenar, y para que veas que trata a sus clientes con esmero). Todos los detalles cuidados al máximo en la pequeña tienda del señor Pep. Poco faltó para que no le dijera al señor Pep que ya de paso me llenara la nevera, de tan servicial como parecía, pero ya habría sido abusar de su confianza.
 

Mi nevera cuando el señor Pep me hizo tantas y tan falsas promesas.
 
Al cabo de unos meses, mi súpernevera de alta gama empezó a hacer bastante ruido. No ese ruido que suele hacer un combi no frost de última generación cuando está en funcionamiento permanente las veinticuatro horas del día los trescientos sesenta y cinco días del año, sino un sonido mucho más molesto. Parecía que me habían entrado unos francotiradores a casa y, cuando iba a la cocina, pensaba que cruzaba hacia la línea enemiga.

Fui a la tienda del señor Pep, el vendedor sonriente, y le expliqué lo que me pasaba. Yo no tenía que preocuparme de nada; estaba en buenas manos. Había comprado mi nevera en una de esas tiendas donde el trato es directo y el señor Pep, acostumbrado a mimar a sus clientes, me tranquilizó con el mismo argumento que había empleado el primer día para convencerme y venderme la nevera: «El mejor servicio técnico es el de esta marca». Salí de la tienda contenta: pronto recibiría una llamada del técnico de la zona y enseguida vendrían a casa a solucionar la incidencia.

Y mirad si fue eficiente el servicio técnico de esta marca que, cuando el operario de la zona se puso en contacto conmigo para ver qué le pasaba a mi nevera, en la pantalla de mi móvil apareció el mensaje NÚMERO PRIVADO, para que todo quedara como top secret entre técnico y clienta, todo para garantizar la mayor discreción. Y cuando escuché la voz del técnico, me pareció que se dirigía a mí casi en nombre de Dios. No me refiero a que hablara en un susurro para aumentar nuestro grado de intimidad, sino a que se sentía un ser todopoderoso. Me explico: como el técnico de esta marca era un profesional que había estudiado formación profesional, especialidad Electrónica, y que tenía muy frescos los conceptos debido a que recién había terminado sus estudios, ya no tenía que hacer el esfuerzo de pasar por mi casa para revisar el no frost. ¿Qué necesidad había de que él perdiera el tiempo en desplazamientos y de que me lo hiciera perder también a mí? Así que se limitó a preguntarme a través del teléfono si mi nevera hacía un ruido como de fiuuuuuuuuu seguido pero no muy ruidoso (o sea, el sonido agudo típico del compresor, que es el que distribuye el aire por todas partes), o si lo hacía más bien tirando a tatatatatatata pero más escandaloso (o sea, el sonido que indica problemas de digestión con los gases que circulan por el motor, lo que es síntoma de que algo falla en el sistema de ventilación). Sobraron las palabras entre nosotros. El técnico y yo nos entendimos a la perfección a través de las onomatopeyas. El test del sonido quedó resuelto y así el especialista se pudo hacer una idea del nivel de gases que circulaba por el motor y del nivel de decibelios. Ahora ya sólo faltaba concretar un día para la visita y conocernos personalmente: «Señora, tardaré unos días en llamarla porque a la nevera le tenemos que cambiar el dumper y la pieza viene de Alemania». Pero qué sentido del humor tenía el técnico. Tuve que contenerme la risa. ¿Era verdad lo que acababa de escuchar? Hoy en día, entrado el siglo veintiuno, esa frase continuaba en vigor y las piezas aún venían de Alemania, como en la época del Caudillo. Qué chistoso era el chaval recién diplomado en FP.

Éste es el famoso dumper, que viene a ser el corazón de las neveras.
 
Tal como me advirtió, tardé unos días en tener noticias del técnico reparador de electrodomésticos de alta gama de la marca que no quiero citar pero que todos conocéis. Quedé un viernes por la tarde con él en mi casa. Por fin íbamos a conocernos en persona y por fin él iba a ver mi nevera. Y allí se presentó, a la hora acordada, pero apareció sin el dumper, qué decepción. Volvió a soltarme el mismo rollo que sueltan todos, lo de que se tenía que pedir la pieza a Alemania. Yo le dije que habíamos quedado en que traería la pieza, pero se disculpó con el argumento de que había habido un problema con el transporte. Para qué me voy a liar ahora a hablar del tema del transporte por carretera. Un largo y costoso viaje el que tienen que hacer estas piezas que aún vienen de Alemania… Ya se sabe, lo de la «ingeniería alemana» sigue siendo por algo... Nos despedimos y quedamos en que ya me avisaría cuando le llegara. Yo seguí con mi vida y él supongo que con la suya hasta que, esa misma tarde, sonó mi móvil y otra vez leí en la pantalla lo de NÚMERO PRIVADO (supongo que por seguridad, para evitar un posible idilio con alguna clienta). ¿Para qué me llamaría mi técnico, si acabábamos de vernos hacía poco? «Señora, soy el técnico que ha estado antes en su casa. Perdone, es que he tenido un error. Que me pensaba que era para otro domicilio y me he dado cuenta de que llevo su pieza en el coche.» ¡Mi dumper recién llegado de Alemania estaba en el maletero del coche del técnico del servicio oficial de la zona! ¿Cómo había habido aquel malentendido? ¡Vaya panda de zoquetes! Pero el destino me jugó una mala pasada: eran las siete y media de un viernes, yo me encontraba fuera de mi domicilio y el técnico ya no podía instalarme el dumper porque se le habría hecho demasiado tarde. Así que quedamos para vernos a la semana siguiente. Apunté mi cita en la agenda. Viernes. A las 7 de la tarde. OK. Una semanita más y volveríamos a vernos las caras: el técnico, mi nevera y yo.

Durante la semana, volvió a sonar mi móvil y en la pantalla volvió a aparecer el conocido mensajito de NÚMERO PRIVADO. Intuí que era mi técnico, el «salvador todopoderoso» de mi nevera. Ese que sin necesidad de ver a la enferma ya supo desde un primer momento lo que tenía: le fallaba la pieza primordial, el corazón del electrodoméstico, el dumper, que en el año en que nos encontramos seguía viniendo por carretera desde Alemania. Pero, ¡sorpresa, no era ÉL! «Señora: soy el técnico del servicio oficial. Dígame, ¿qué le pasa a su nevera?» ¡¡¡¿¿¿Qué???!!! ¿Que acaso yo alucinaba? Después de preguntarle «¿Pero tú no habías estado ya en mi casa el otro día y habíamos quedado en que vendrías el próximo viernes a las siete para cambiarle el dumper a mi nevera?» y de que él me contestara: «No, señora, usted va equivocada. Yo no he hablado nunca con usted ni he estado en su casa. Si me acaban de pasar la orden ahora», tuve que darle una explicación pormenorizada del historial clínico del electrodoméstico. Había conseguido aprenderme palabra por palabra el discurso, de tantas veces que lo había tenido que recitar. El recién salido del capullo con pretensiones de ingeniero empezó con el cuestionario técnico en versión onomatopéyica que ya me habían hecho la primera vez. Entonces fue cuando interrumpí al niñato bruscamente y le levanté la voz, cabreada por tanto secretito de NÚMERO PRIVADO en la pantalla del móvil y porque no estuvieran autorizados a facilitar un número de teléfono para hablar directamente con el operario que realizaba la reparación. De mi técnico-dios-todopoderoso dependía la salud de mi nevera y ahora este imbécil me venía con el mismo cuento del fiu-fiu y del ta-ta. Le solté mi discurso de pe a pa: que pensaba que la organización del servicio oficial de esa marca en aquella zona era un completo caos, que tenían una total descoordinación entre ellos y que el hecho de recurrir a tantos intermediarios no hacía más que obstaculizar y entorpecer el buen servicio al cliente. En resumen, que era un desastre. Colgué y lo mandé a la mierda (aunque no recuerdo bien si primero lo mandé a la mierda y luego colgué, que hubiera sido lo más lógico). De lo que sí me acuerdo es de que le dije que yo ya había quedado con mi técnico, el primero, el que iba a salvar el corazón de mi nevera, el que llevaba el dumper en el maletero de su coche. Teníamos una cita el próximo viernes a las siete.

Y llegó el gran día. Yo estaba expectante. Tuve que hacer unos ciento veinte kilómetros en coche, con lluvia y truenos, y tuve que pagar dos peajes en la autopista. Pero valía la pena. Por fin, el técnico de esta marca de alta gama sacaría la pieza de su maletín y mi nevera dejaría de hacer el tatatatatatata para hacer el fiuuuuuuuuu. Las siete, las siete y cuarto, las siete y media, las ocho menos veinte, las ocho. Las ocho y media. Qué chasco más grande. Mi técnico ni siquiera me llamó. En la pantalla de mi móvil, ni rastro de su NÚMERO PRIVADO. Yo ya no sabía lo que hacer. Me estaban entrando ganas de liarme a martillazos con la nevera y acabar de una vez por todas con el ruido y con este asunto.

Al día siguiente me presenté en la tienda de electrodomésticos del señor Pep, la del trato directo, la que te daba un servicio completo menos llenarte la nevera y en la que estaban completamente seguros de que «el mejor servicio técnico es el de esta marca». Ellos se encargarían de resolver todo este desaguisado. Yo no había de preocuparme de nada. El señor Pep me dijo que llamaría a la central, que estaba en Zaragoza, y allí una teleoperadora volvería a ponerse en contacto con mi técnico, el primero, el que llevaba mi dumper en el maletero de su coche para que el «multi air flow system» de mi nevera funcionara a la perfección.

Este idilio iba a acabar por completo con mi paciencia. Yo deseaba con todas mis fuerzas volver a tener otra cita con mi técnico, con ese hombre que nos tenía en ascuas a mi nevera y a mí. Como no daba señales de vida, tuve que llamar varias veces al señor Pep, que ya debía de sentirse como una carabina y que siempre me repetía lo mismo: «Yo más no puedo hacer, pero ya le aseguro que el mejor servicio técnico es el de esta marca».

Pensé seriamente en la posibilidad de poner un anuncio aunque no llegué a hacerlo. Como sabía que las piezas venían de Alemania, lo publicaría en un diario alemán (en alemán):

«Mi nevera necesita urgentemente un dumper para sobrevivir».

Además, coloqué cartelitos por toda la zona sin ningún éxito:

«ATENCIÓN: Se ha perdido un dumper en el maletero de un coche del servicio técnico de [nombre de la conocida marca de electrodomésticos]. La última vez fue visto por esta zona y alrededores. Se gratificará».

Mientras esperaba su llamada, me pasé los días leyendo el manual de instrucciones que me facilitaron junto con el electrodoméstico en el que venían descritos todos los ruidos de mi no frost de última generación para que fuera adquiriendo experiencia y aprendiera a convivir con aquel ruido del que no me habían avisado antes de efectuar tan costosa compra.

Hoy por hoy, el técnico sigue en paradero desconocido y en el servicio técnico nunca supieron decirme quién había venido a mi casa porque no les constaba ningún operario de aquellas características. El dumper tardó bastante en llegar de Alemania debido a una huelga de transporte, pero llegó. Me mandaron a un técnico algo manazas al que se le caían al suelo todas las herramientas debido a la emoción de tener que llevar a cabo por primera vez desde su diplomatura en FP la delicada operación a corazón abierto de la colocación de un dumper y que dejó la huella perpetua en mi parquet. Pero, por fin, mi nevera pasó de hacer el tatatatatatata a hacer el fiuuuuuuuuu. Después de tanta insistencia y de tantos obstáculos y trabas «burrocráticas», ¡lo habíamos conseguido!
 

Del ta-ta al fiu-fiu hay un largo trecho que hemos hecho juntos mi nevera y yo. Pero, por fin, se hizo el silencio.
 
Aún no entiendo por qué no funcionó aquel trío. ¿Qué pasó entre aquel técnico, mi nevera y yo? ¿Por qué se dio a la fuga? No puedo quitarme de la cabeza aquella visita, con lección de electrónica incluida. Me lo dijo bien claro mirándome a los ojos fijamente a la vez que hurgaba en su maletín: «Siempre hay que decantarse por un frigorífico que tenga un compresor lineal, la opción más silenciosa del mercado». Eso fue lo que hizo él: pagarme con el silencio. Tal vez escuchó los latidos de mi nevera y se asustó... Pero a mí también me quedó bien clara una cosa: que mi próxima nevera será de la marca Acme, esa de los dibujos animados del coyote y el correcaminos. Ésos sí que corren, y no los del «mejor servicio técnico» que tan bien supo venderme el señor Pep. GRACIAS por haber leído mi relato hasta el final (y preguntad siempre por el nivel de ruido del dumper antes de comprar una nevera).

© Marta García Carrato, 2015